Cosmética y cuidado corporal en el Antiguo Egipto

Recreación visual de recipientes, pigmentos y materiales inspirados en el cuidado corporal del Antiguo Egipto

(Imagen de cabecera: Recreación visual de materiales y recipientes inspirados en el cuidado corporal del Antiguo Egipto; no es una fotografía de piezas arqueológicas.)

Hace más de tres mil años, un pequeño recipiente podía guardar mucho más que un pigmento. Podía formar parte del aseo cotidiano, proteger una sustancia valiosa, acompañar a una persona en su tumba o revelar, milenios después, qué minerales y materias utilizaban realmente los antiguos egipcios.

Cuando pensamos en la belleza del Antiguo Egipto aparecen casi inevitablemente los ojos delineados, los frascos de perfumes, los ungüentos y, por supuesto, Cleopatra. Pero entre la imagen popular y lo que podemos demostrar históricamente existe una distancia considerable.

La arqueología, los textos médicos, los objetos conservados en museos y, cada vez más, los análisis químicos de residuos permiten reconstruir parte de aquellas prácticas con bastante más precisión.

Y lo que descubrimos resulta más interesante que muchos de los mitos.

Hablar de «cosmética natural» en el Antiguo Egipto exige cierta cautela. Es una expresión contemporánea que los egipcios no empleaban con nuestro significado actual. Tampoco existía una frontera equivalente a la nuestra entre cosmética, higiene, medicina, perfume, ritual y religión.

Lo que sí podemos documentar es una sofisticada cultura del cuidado del cuerpo, los perfumes, los ungüentos, los cosméticos para los ojos y el cabello y determinadas preparaciones destinadas a la piel.

Belleza, higiene, salud y ritual: fronteras que no eran las nuestras

Uno de los errores más frecuentes cuando hablamos de cosmética histórica consiste en interpretar el pasado utilizando categorías actuales.

Frasco de kohl de Sithathoryunet, de obsidiana negra, con cuerpo redondeado y tapa ribeteada en oro.
Frasco de kohl de Sithathoryunet, Reino Medio, elaborado en obsidiana y oro. La riqueza de algunos recipientes muestra también el valor material y simbólico que podía adquirir el cuidado corporal. The Metropolitan Museum of Art.

Un preparado aplicado alrededor de los ojos podía tener una función estética, pero también estar relacionado con prácticas medicinales o protectoras. Un ungüento aromático podía intervenir en el cuidado cotidiano y, en otros contextos, adquirir significado ritual.

Los propios objetos arqueológicos muestran hasta qué punto el cuidado personal formaba parte de la vida egipcia.

El Metropolitan Museum of Art conserva, por ejemplo, un recipiente para kohl de Sithathoryunet, datado aproximadamente entre 1887 y 1813 a. C., elaborado en obsidiana y oro. El museo señala que los cosméticos eran utilizados tanto por hombres como por mujeres.

Otro pequeño estuche del Imperio Nuevo resulta todavía más revelador: conserva el tubo para el cosmético ocular y su aplicador y fue encontrado junto a un espejo, una navaja, unas pinzas y una piedra de afilar. Parece casi un neceser de cuidado personal llegado hasta nosotros desde hace más de tres milenios.

El kohl: mucho más interesante que el tópico de los ojos pintados

Frasco de kohl de Hatnefer, de piedra oscura moteada y boca ancha, con un aplicador de madera colocado delante.
Frasco de kohl y aplicador procedentes de la tumba de Hatnefer, Tebas, comienzos de la dinastía XVIII. El recipiente conservaba restos de galena utilizada como pigmento ocular. The Metropolitan Museum of Art.

El maquillaje ocular constituye probablemente uno de los elementos más reconocibles de la imagen del Antiguo Egipto.

Pero no existía una única sustancia llamada kohl con una composición invariable.

Entre los materiales documentados aparecen minerales como la galena, un sulfuro de plomo de tonalidad gris oscura o negra, y la malaquita, un mineral de cobre utilizado para producir pigmentos verdes. UCL recoge evidencias de malaquita asociada a paletas y elementos de molienda desde enterramientos predinásticos y documenta igualmente la presencia temprana de galena.

Tenemos incluso recipientes que todavía conservaban su contenido.

Un frasco perteneciente a Hatnefer, del Imperio Nuevo, conservaba en su interior un residuo identificado como galena. No estamos, por tanto, deduciendo simplemente el producto a partir de una pintura mural: en algunos casos ha sobrevivido la propia sustancia.

Y aquí aparece uno de los descubrimientos más sorprendentes de la investigación moderna.

Cuando la química entra en el neceser egipcio

Los análisis químicos realizados sobre cosméticos egipcios antiguos han identificado no solo minerales conocidos como galena y cerusita, sino también compuestos de plomo poco habituales, como laurionita y fosgenita.

Los investigadores consideraron improbable que su presencia se debiera simplemente a una transformación natural de otros minerales y plantearon que algunos de estos compuestos habían sido producidos deliberadamente mediante procesos químicos.

Esto cambia bastante la imagen simplificada de una cosmética antigua basada únicamente en «triturar plantas y minerales naturales».

Había selección de materias, molienda, mezclas y, al menos en determinados contextos, auténticas transformaciones químicas.

¿El kohl protegía los ojos?

Aquí conviene evitar otro salto habitual.

Encontrar compuestos con determinada actividad en condiciones experimentales no significa que debamos convertir el kohl egipcio en un medicamento moderno ni recomendar reproducirlo.

Algunas formulaciones antiguas contenían compuestos de plomo. El conocimiento histórico de una sustancia no equivale a una recomendación de seguridad contemporánea.

Por eso una receta casera de «kohl egipcio auténtico» elaborada con minerales de plomo no tendría cabida en Esth. Naturalmente.

Historia y seguridad moderna son dos cuestiones diferentes.

Aceites, grasas, ceras y ungüentos

Frasco egipcio de kohl de travertino beige, con boca ancha y un aplicador oscuro de hematita colocado delante.
Frasco de kohl de travertino (alabastro egipcio) y aplicador de hematita. Segundo Periodo Intermedio–comienzos del Reino Nuevo, hacia 1580–1458 a. C. The Metropolitan Museum of Art, Rogers Fund, 1916. Imagen de dominio público.

Los recipientes arqueológicos constituyen otra fuente fundamental.

Se han encontrado numerosos vasos destinados a cosméticos, aceites y ungüentos. Un recipiente de piedra del Imperio Nuevo conservado en el Metropolitan Museum, por ejemplo, pertenece a un conjunto funerario que incluía otros vasos, una caja cosmética, peines y utensilios relacionados con el cuidado personal.

Determinar qué contenía exactamente cada recipiente es más complicado.

Un frasco vacío no demuestra por sí mismo qué ingrediente albergó. Por eso los análisis de residuos son especialmente importantes.

La investigación biomolecular está identificando en contextos egipcios grasas animales, aceites vegetales, cera de abejas, resinas y productos procedentes de coníferas, entre otras sustancias.

Hay que introducir aquí una distinción importante: una parte considerable de estos análisis procede de contextos funerarios y de embalsamamiento.

No podemos trasladar automáticamente una fórmula empleada para preparar un cadáver a la cosmética cotidiana de una persona viva.

Sin embargo, esos estudios resultan extraordinariamente útiles para conocer las materias primas que los egipcios sabían obtener, transformar, combinar y utilizar.

Ese matiz —qué demuestra realmente cada evidencia— es fundamental.

¿Utilizaban aceites vegetales?

Sí, pero tampoco debemos imaginar que todo era aceite de oliva.

Los estudios arqueométricos han identificado diferentes grasas y aceites vegetales en contextos egipcios. La disponibilidad de una materia prima dependía además del periodo histórico, el comercio, la región y el estatus social.

Hablar simplemente de «los aceites que utilizaban los egipcios» oculta una historia económica y comercial mucho más compleja.

Perfumes: una auténtica especialidad egipcia

Si existe un ámbito en el que Egipto alcanzó una enorme reputación en la Antigüedad es el de las sustancias aromáticas.

Pero tampoco deberíamos llamarlo aromaterapia.

Ese término pertenece a una concepción moderna y trasladarlo directamente al Egipto faraónico crea una falsa continuidad histórica.

Es más preciso hablar de perfumería, sustancias aromáticas, aceites perfumados, ungüentos y preparados rituales.

Los perfumes antiguos tampoco equivalían necesariamente a nuestros perfumes alcohólicos. Muchas composiciones utilizaban matrices grasas o aceitosas capaces de incorporar materias aromáticas.

La arqueología experimental incluso ha intentado reconstruir algunos perfumes egipcios posteriores.

Un trabajo publicado en Near Eastern Archaeology combinó fuentes clásicas, paleobotánica, arqueología y experimentación para estudiar y recrear el llamado perfume mendesiano, asociado a la importante industria perfumística de Mendes durante la época grecorromana de Egipto. Las excavaciones de Tell Timai proporcionaron además evidencias relacionadas con la producción de perfumes.

Pero no demuestra que cada fórmula moderna comercializada como «perfume de Cleopatra» sea la fórmula personal que utilizó Cleopatra.

¿Y el famoso kyphi?

El kyphi merece tratamiento propio porque es mucho más interesante que presentarlo simplemente como «el perfume de los faraones».

No era un perfume en el sentido moderno de la palabra. Las fuentes lo presentan como una preparación aromática compleja, relacionada especialmente con la fumigación y el incienso, aunque sus usos y composiciones variaron con el tiempo. En determinados contextos estuvo estrechamente vinculada a los templos y al ritual religioso.

Y, a diferencia de tantas supuestas «recetas de belleza de Cleopatra» que circulan actualmente, del kyphi sí conservamos recetas antiguas.

Una fórmula que sobrevivió escrita

Una de las referencias egipcias más antiguas se encuentra en el Papiro Ebers, copiado hacia 1550 a. C. Allí aparece una preparación destinada a producir un olor agradable en la casa y en la ropa mediante su combustión. La fórmula incluye diferentes resinas, bayas, raíces y sustancias aromáticas que debían triturarse, mezclarse y colocarse sobre el fuego.

Mucho más tarde encontramos testimonios extraordinariamente detallados en los templos ptolemaicos de Edfu y Philae, donde las recetas quedaron inscritas en los propios muros.

Esto es especialmente valioso: no estamos reconstruyendo la existencia del preparado únicamente a partir de referencias literarias posteriores. Los propios textos templarios egipcios conservan instrucciones para elaborarlo.

Las recetas de Edfu y Philae describen un proceso elaborado, con materias que debían triturarse, tamizarse, macerarse o mezclarse en diferentes momentos. Entre los ingredientes que los investigadores han relacionado con estas fórmulas aparecen vino, pasas, miel, incienso, mirra, resinas y diversas plantas aromáticas. Pero aquí aparece una dificultad fascinante.

No conocemos con certeza todos sus ingredientes

Traducir el nombre de una planta escrito hace más de dos mil años no siempre permite identificarla inequívocamente con una especie botánica actual.

Un estudio dedicado específicamente a los ingredientes del kyphi señala que las tres recetas egipcias analizadas en ese estudio contienen 16 ingredientes, pero solo una parte puede identificarse con seguridad.

Por eso encontramos diferencias entre reconstrucciones modernas.

Un término antiguo puede tener varias interpretaciones botánicas; algunas materias primas ya no se utilizan de la misma manera y las distintas fuentes históricas tampoco proporcionan exactamente la misma fórmula. Esto significa que hablar de «la receta auténtica del kyphi» como si existiera una única fórmula perfectamente conocida resulta engañoso. Es mucho más correcto hablar de recetas históricas de kyphi y de reconstrucciones modernas realizadas a partir de ellas.

Una elaboración sorprendentemente compleja

Las inscripciones tardías muestran además que no se trataba simplemente de colocar unas cuantas hierbas y resinas en un mortero. La preparación descrita en las fuentes de Edfu y Philae combinaba distintos procesos. Determinadas materias aromáticas se trituraban y tamizaban; otros componentes se preparaban con vino; las pasas se trabajaban también con vino; y otra preparación incorporaba incienso y miel. Finalmente se añadía mirra finamente molida.

La elaboración, por tanto, implicaba selección de materias primas, molienda, maceración, mezclas sucesivas y tiempos de preparación. Había conocimiento técnico y procedimientos establecidos.

¿Para qué se utilizaba?

El kyphi estuvo estrechamente relacionado con el mundo religioso y templario, donde las sustancias aromáticas desempeñaban un papel fundamental.

Pero su historia no termina ahí.

Las fuentes conservadas muestran también relaciones con la perfumación de espacios y tejidos y, en determinados textos posteriores, aparecen otros usos atribuidos al preparado.

Siglos después, autores del mundo grecorromano también escribieron sobre el kyphi. Plutarco, por ejemplo, lo describió en Sobre Isis y Osiris, proporcionando una composición de dieciséis ingredientes. Esto nos recuerda algo importante: cuando hablamos del kyphi estamos siguiendo una tradición de larguísima duración, no necesariamente una receta inmóvil que permaneciera idéntica durante más de mil años.

Entonces, ¿era un perfume, un incienso o un medicamento?

Probablemente esta pregunta dice más de nuestras categorías modernas que de las egipcias.

Llamarlo simplemente «perfume» puede inducirnos a imaginar un líquido que se aplicaba sobre la piel como un eau de parfum actual. Y llamarlo exclusivamente «incienso» tampoco refleja necesariamente todos los contextos documentados.

Las sustancias aromáticas podían ocupar espacios que hoy nosotros separaríamos entre perfumería, fumigación, ritual religioso y preparación medicinal.

Precisamente por eso el kyphi resulta tan interesante: muestra hasta qué punto nuestras fronteras actuales entre cosmética, perfume, medicina y ritual no pueden trasladarse sin más al mundo antiguo.

¿Podemos reproducir hoy el kyphi egipcio?

Podemos realizar reconstrucciones experimentales, pero debemos llamarlas así.

Las recetas históricas constituyen un punto de partida extraordinario, pero la identificación incierta de algunas materias, las diferencias entre fuentes y la disponibilidad actual de determinados ingredientes impiden afirmar alegremente que una preparación moderna sea idéntica a la que se elaboraba en un templo egipcio.

El cuidado de la piel y el cabello sí aparece en los textos

No todo procede de tumbas y objetos.

Los papiros médicos egipcios contienen preparaciones relacionadas con cuestiones que hoy situaríamos parcialmente dentro del cuidado cosmético.

El Papiro Ebers, copiado hacia 1550 a. C., incluye recetas relacionadas con el cabello, las canas, el crecimiento capilar, la eliminación del vello, la piel, el rostro y el olor corporal. Otros textos, como los papiros Edwin Smith y Hearst, contienen también preparaciones relacionadas con el cuidado corporal. Esto es especialmente importante porque demuestra que determinadas preocupaciones estéticas y corporales están documentadas directamente en textos antiguos. Pero nuevamente necesitamos prudencia. Que un papiro contenga una preparación para favorecer el crecimiento del cabello no demuestra que funcionara. Documenta una práctica y una intención terapéutica o cosmética. La eficacia es otra pregunta, que requiere evidencia diferente.

¿Usaban miel, leche y plantas?

Aquí entramos en uno de los terrenos donde internet ha convertido posibilidades históricas en certezas.

Los egipcios conocían y utilizaban miel, grasas, aceites, ceras, resinas y numerosas materias vegetales. Los textos médicos contienen fórmulas complejas y los análisis arqueológicos confirman la utilización de muchos materiales orgánicos.

Pero de ahí no podemos deducir que cualquier mezcla moderna de miel + leche + aceite + hierbas sea una «mascarilla egipcia».

Para afirmar que una preparación concreta es histórica necesitamos una fuente que documente esa preparación o una evidencia arqueológica suficientemente sólida. Si no existe, debemos decir:

«receta contemporánea inspirada en ingredientes documentados en el Antiguo Egipto».

Es una diferencia pequeña en apariencia y enorme desde el punto de vista del rigor.

Cleopatra y el baño de leche: cuando la leyenda se convierte en historia

Y llegamos inevitablemente a Cleopatra VII. Pocas figuras históricas han acumulado tantas recetas cosméticas atribuidas como ella. Baños de leche, miel, aloe, mascarillas, aceites secretos, perfumes afrodisíacos… El problema es que la repetición de una historia durante siglos no constituye una fuente histórica. La famosa imagen de Cleopatra bañándose en leche no debe presentarse como un hecho establecido sin aportar una fuente antigua que lo documente. Existe, además, una confusión interesante: Plinio el Viejo, en su Historia natural (libro XXVIII), atribuyó los baños de leche de burra a Popea Sabina, esposa de Nerón. Con el paso del tiempo, el imaginario occidental convirtió a Cleopatra en una especie de depositaria universal de los «secretos de belleza antiguos».

Nefertiti y Nefertari tampoco necesitan recetas inventadas

Algo parecido ocurre con Nefertiti y Nefertari. Su asociación moderna con la belleza hace extraordinariamente tentador atribuirles mascarillas, ungüentos o fórmulas «reafirmantes». Pero un nombre histórico colocado delante de una receta no la convierte en histórica.

El rigor no empobrece la historia; elimina aquello que nunca perteneció realmente a ella.

Lo que sabemos, lo que interpretamos y lo que todavía no sabemos

Después de separar arqueología y leyenda, la imagen que queda del cuidado corporal egipcio sigue siendo extraordinariamente rica.

Sabemos que hombres y mujeres utilizaron cosméticos; que existieron recipientes y utensilios especializados; que se utilizaron pigmentos minerales para los ojos; que existieron aceites, ungüentos y preparados aromáticos; y que los textos médicos contienen recetas destinadas al cabello, la piel, el rostro y el olor corporal.

Podemos interpretar, combinando textos, iconografía, arqueología y análisis químicos, cómo pudieron prepararse y utilizarse algunas de estas sustancias.

Todavía no sabemos la composición exacta de innumerables preparados, cuánto variaban entre épocas y grupos sociales, ni hasta qué punto muchas recetas modernas atribuidas a faraones, reinas o personajes concretos guardan alguna relación con las prácticas históricas.

Reconocer esos límites forma parte de una divulgación seria.

Una mirada contemporánea desde Esth. Naturalmente

Hay algo que me resulta especialmente atractivo de estudiar la cosmética antigua: descubrir que muchas preguntas que hoy nos hacemos ya estaban presentes, de otra manera, hace miles de años. ¿Cómo cuidar la piel? ¿Cómo tratar el cabello? ¿Cómo perfumar el cuerpo? ¿Cómo proteger determinadas zonas? ¿Cómo transformar aceites, grasas, ceras, minerales y plantas en preparados útiles?

Pero mirar hacia Egipto no significa que debamos reproducir sus fórmulas literalmente. Algunas materias antiguas hoy resultarían inadecuadas o incluso inseguras. Otras siguen formando parte de la cosmética contemporánea, aunque su calidad, procesamiento, formulación y evaluación de seguridad sean completamente diferentes. Por eso prefiero acercarme a aquellas prácticas desde la curiosidad, pero también desde el pensamiento crítico.

Una tradición no se convierte en evidencia científica por haber sobrevivido durante siglos.

Sin embargo, conocer de dónde proceden nuestras prácticas nos permite entender mejor cómo hemos llegado hasta aquí. Y en el caso del Antiguo Egipto, todavía tenemos mucho por descubrir.


Preguntas frecuentes

¿Los hombres egipcios utilizaban cosméticos?

Sí. Los objetos conservados, las representaciones y los estudios museísticos documentan el uso de cosméticos por hombres y mujeres. El kohl es uno de los ejemplos mejor conocidos.

¿El kohl egipcio era natural?

Algunas materias procedían de minerales naturales, como galena o malaquita, pero los análisis han identificado también compuestos que probablemente fueron obtenidos mediante procesos deliberados de transformación. Por tanto, «natural» frente a «sintético» simplifica demasiado la realidad.

¿Podemos elaborar hoy kohl siguiendo una receta egipcia?

No es nada recomendable reproducir cosméticos oculares antiguos que impliquen minerales de plomo. Que una sustancia tenga interés histórico no significa que cumpla los criterios actuales de seguridad cosmética.

¿Cleopatra se bañaba en leche?

Es una afirmación enormemente popular, pero no debe presentarse como un hecho histórico demostrado. Conviene diferenciar la Cleopatra documentada de la construcción cultural posterior que la convirtió en símbolo universal de belleza.

¿Los egipcios utilizaban aceites y ungüentos?

Sí. Existen objetos, textos y análisis químicos que documentan grasas, aceites, ceras, resinas y sustancias aromáticas en distintos contextos egipcios. Sin embargo, no todo residuo arqueológico corresponde a cosmética cotidiana; muchos análisis proceden de contextos funerarios.

¿Existían recetas para la piel y el cabello?

Sí. Los papiros médicos conservan preparaciones relacionadas con el rostro, la piel, el cabello, las canas, el vello y el olor corporal. Eso documenta su utilización histórica, pero no demuestra automáticamente su eficacia según los criterios científicos actuales.


Fuentes y lecturas