Belleza, higiene, perfumes y medicina se entrelazaban en unas prácticas de cuidado corporal que hoy podemos reconstruir gracias a textos, objetos arqueológicos y análisis científicos.
Cuando pensamos en la antigua Grecia solemos imaginar templos, filosofía, teatro o los atletas de los Juegos. Mucho menos conocida es otra parte de la vida cotidiana: cómo cuidaban el cuerpo, qué sustancias aplicaban sobre la piel, cómo elaboraban sus perfumes y qué entendían por belleza.
Hablar de «cosmética natural» en la antigua Grecia requiere, sin embargo, cierta cautela. Los griegos no utilizaban esta expresión con el significado que tiene actualmente. Tampoco inventaron la cosmética: egipcios, mesopotámicos y otras culturas mediterráneas habían desarrollado prácticas cosméticas y perfumísticas mucho antes.
Lo que sí podemos afirmar es que en el mundo griego existió una cultura del cuidado corporal en la que participaron aceites vegetales, sustancias aromáticas, pigmentos, minerales y preparados perfumados, y que conocemos gracias a una combinación especialmente interesante de fuentes escritas, representaciones artísticas y objetos arqueológicos.
Y algunos de esos objetos todavía conservan rastros de las sustancias que contuvieron.
Belleza, cuerpo y armonía: una relación más compleja de lo que parece
En la cultura griega la belleza física podía relacionarse con ideas de proporción, juventud, salud, virtud o excelencia. De ahí procede también el concepto de kalokagathia, asociado a la unión de cualidades consideradas bellas y buenas.
Pero sería simplificar demasiado decir que todos los griegos entendían la belleza como «armonía con la naturaleza» en el sentido contemporáneo.
La experiencia tampoco era igual para hombres y mujeres, ni para todas las clases sociales. Las prácticas corporales estaban condicionadas por el sexo, la posición social, la edad, el contexto y el periodo histórico.
Por eso, cuando intentamos reconstruir la cosmética griega, debemos evitar convertir una sociedad muy compleja en una moderna rutina de belleza vestida con túnica.
El aceite de oliva: mucho más que un alimento
El aceite de oliva tuvo una enorme importancia en el mundo griego y se utilizó también sobre el cuerpo. En los gimnasios, los hombres y muchachos podían untarse con aceite antes del ejercicio y posteriormente retirar de la piel aceite, sudor y suciedad utilizando un instrumento curvado denominado strigil.

No dependemos únicamente de textos para saberlo. Conservamos strigils, pequeños recipientes para aceite llamados aryballoi y numerosas representaciones de atletas utilizándolos.
El Metropolitan Museum of Art conserva, por ejemplo, un strigil griego de los siglos V–IV a. C. y señala expresamente el aceite de oliva como elemento básico del cuidado de la piel en el mundo griego. También conserva cerámicas donde aparecen atletas con estos utensilios.
Esto es mucho más interesante que imaginar una «exfoliación griega» equivalente a la que hacemos actualmente: tenemos evidencia material de cómo se realizaba realmente parte de aquel cuidado corporal.
Una precisión importante desde la cosmética actual
Que los griegos utilizaran aceite de oliva sobre la piel no significa que hoy debamos considerarlo automáticamente el aceite ideal para cualquier piel.
Un pequeño estudio controlado en 19 adultos encontró que la aplicación repetida de aceite de oliva durante varias semanas deterioraba algunos parámetros de integridad del estrato córneo y producía eritema leve. Una revisión posterior de estudios clínicos señala que los aceites ricos en ácido oleico pueden resultar problemáticos especialmente cuando la barrera cutánea ya está alterada, aunque la respuesta de la piel sana puede ser diferente.
La investigación tampoco está completamente cerrada: un ensayo más reciente con 54 adultos sanos encontró mejoras de algunos parámetros tras la aplicación de AOVE, aunque la vaselina produjo un efecto oclusivo mayor.
Es un buen ejemplo de algo que conviene recordar durante todo este viaje:
histórico no significa necesariamente mejor, y natural no significa automáticamente adecuado para todas las pieles.
Perfumes griegos: flores, raíces, hojas y aceites
La perfumería constituye otro de los capítulos mejor documentados.
Los perfumes antiguos eran muy diferentes de buena parte de la perfumería moderna basada en alcohol. Los aceites podían funcionar como vehículo de las sustancias aromáticas, que procedían de flores, hojas, raíces, semillas, resinas y otras materias primas. El aceite de oliva fue uno de los vehículos utilizados en Grecia.
Además, contamos con una fuente extraordinaria: Teofrasto, filósofo y botánico griego de los siglos IV–III a. C., escribió Sobre los olores (De Odoribus), obra conservada y catalogada actualmente por Perseus.
En la tradición textual atribuida a su obra aparecen perfumes elaborados a partir de rosa, violeta, lirio, iris, azafrán, mejorana y otras plantas aromáticas.
Eso nos permite hablar de plantas concretas con bastante más fundamento que simplemente repetir listas modernas de «ingredientes que utilizaban las griegas».
Y la historia es todavía más antigua.
En la Grecia micénica de la Edad del Bronce ya existía una verdadera producción de aceites perfumados. La evidencia procedente de Pilos y de las tablillas en Lineal B ha permitido identificar materias aromáticas como rosa, salvia y cilantro utilizadas hace más de tres mil años.
Por tanto, cuando llegamos a la Grecia clásica, la tradición perfumística mediterránea llevaba ya siglos —en realidad, milenios— desarrollándose.
Los pequeños recipientes que nos cuentan una historia
Una de las cosas que más me fascina de estudiar la cosmética antigua es que parte de su historia cabe literalmente dentro de un pequeño recipiente.
Los arqueólogos han encontrado distintos tipos de contenedores relacionados con aceites, perfumes, objetos de tocador y cosméticos.
Entre ellos estaban las pyxides, cajas con tapa que podían utilizarse para guardar objetos personales y cosméticos.
El Metropolitan Museum conserva ejemplares griegos de este tipo desde aproximadamente el siglo VIII a. C. Uno de ellos pertenece a una tipología que apareció en Atenas alrededor del 850 a. C.; el museo menciona además el hallazgo en Eleusis de una pequeña pyxis con restos de una sustancia blanca que pudo haber sido cosmética.
Siglos después continuaron fabricándose recipientes identificados expresamente como cajas cosméticas.
Estos objetos son importantes porque nos recuerdan que la historia de la cosmética no se reconstruye solamente leyendo textos: también puede investigarse a través de cerámicas, residuos, pigmentos y utensilios.
¿Se maquillaban las mujeres griegas?
Sí existió maquillaje, aunque debemos evitar imaginar un neceser moderno.
Las fuentes históricas y arqueológicas documentan sustancias destinadas a modificar el aspecto de la piel y aportar color.
Y aquí aparece una de las pruebas más extraordinarias.
El British Museum conserva una pyxis ática de aproximadamente 420–400 a. C. que contenía polvo blanco. El análisis científico identificó ese material como hidrocerusita, es decir, blanco de plomo, utilizado como pigmento y cosmético en la Antigüedad.
También se documentan sustancias vegetales y minerales para proporcionar tonalidades rojizas a las mejillas. Las fuentes clásicas mencionan, entre otras, raíces tintóreas y frutos pigmentados.
Aquí encontramos una magnífica advertencia contra la idealización de la cosmética antigua.
El blanco de plomo: antiguo, «natural» y tóxico
Hoy sabemos que el plomo es tóxico.
Que una sustancia proceda de un mineral, se utilizara durante siglos o tenga una larga tradición histórica no constituye una prueba de seguridad.
Esta es una de las razones por las que me interesa mirar la tradición con respeto, pero también con pensamiento crítico.
Podemos aprender muchísimo de la historia sin necesidad de reproducir todas sus prácticas.

¿Y los baños?
El aseo y el baño formaban parte de la vida griega, pero la imagen de una rutina universal formada por:
baño aromático → exfoliación → mascarilla → hidratación → perfume
es demasiado ordenada y contemporánea para presentarla como un ritual histórico estándar.
Tenemos evidencias mucho más concretas de determinadas prácticas —como el aceite y el strigil en el contexto atlético— y esas evidencias son precisamente las que merece la pena contar.
Eso no significa que no existieran baños, ungüentos, perfumes y otras formas de cuidado. Significa simplemente que debemos distinguir entre aquello que podemos documentar y una reconstrucción moderna inspirada en la Antigüedad.
Cosmética, higiene y medicina: fronteras que entonces eran diferentes
Otra dificultad aparece cuando intentamos clasificar estas prácticas utilizando categorías actuales.
Hoy distinguimos entre cosmético, medicamento, higiene, perfume o tratamiento dermatológico. En la Antigüedad esas fronteras no coincidían necesariamente con las nuestras.
Una sustancia aromática podía formar parte de prácticas corporales, medicinales, religiosas o sociales. Y una preparación aplicada sobre la piel podía perseguir más de una finalidad.
Por eso también debemos ser prudentes con frases como «Hipócrates recomendaba esta crema» o «Hipócrates utilizaba esta planta para la piel».
Lo que conocemos como Corpus hipocrático reúne numerosos tratados y no puede atribuirse en bloque a una sola persona. Cuando encontremos una receta o tratamiento concreto, lo correcto será identificar la obra y, cuando sea posible, el pasaje del que procede.
La historia resulta menos espectacular contada así, quizá, pero es bastante más interesante.
¿Utilizaban miel, rosas, lirios y plantas aromáticas?
Aquí debemos separar ingredientes históricamente documentados de recetas modernas atribuidas a los griegos sin una fuente clara.
Tenemos buena evidencia de una tradición de aceites aromáticos y perfumería vegetal, y Teofrasto constituye una fuente importante para materias como rosa, lirio, iris y otras plantas aromáticas.
Eso no nos permite afirmar automáticamente que las mujeres griegas preparaban una determinada «mascarilla rejuvenecedora de miel y arcilla» o utilizaban «agua de rosas como tónico facial».
Puede haber usos antiguos de estos ingredientes, pero una afirmación histórica concreta necesita una fuente concreta.
Esta distinción será una regla en Esth. Naturalmente:
una cosa es que un ingrediente existiera y se utilizara; otra muy diferente es que podamos demostrar una receta determinada.
Lo que sabemos, lo que interpretamos y lo que todavía no sabemos
Esta quizá sea la parte más importante.
Sabemos con bastante seguridad que existieron aceites corporales, strigils, recipientes para aceites y cosméticos, perfumes elaborados con materias aromáticas y determinados productos de maquillaje. La arqueología, los textos y los análisis de materiales se apoyan mutuamente en muchos de estos casos.
Podemos reconstruir razonablemente determinados procedimientos de perfumería y cuidado corporal cuando contamos con textos, representaciones y objetos.
Debemos ser mucho más prudentes con las listas de «secretos de belleza de las mujeres griegas», las rutinas completas de varios pasos y las recetas que circulan por internet sin indicar de qué texto antiguo, excavación o investigación proceden.
Y precisamente ahí está la diferencia entre inspirarnos en la historia y reinventarla.
Una receta contemporánea inspirada en Grecia
En la versión anterior de este artículo incluí una mascarilla de miel, aceite de oliva y avena y la relacioné demasiado directamente con las prácticas griegas.
Quiero corregirlo.
La siguiente no pretende ser una receta histórica griega. Es una elaboración contemporánea inspirada en algunas materias primas vinculadas al Mediterráneo y a la historia del cuidado corporal.
Y también voy a cambiar la formulación.

No considero adecuado presentar una mezcla de miel y aceite de oliva como una «emulsión»: sin un sistema emulsionante apropiado no obtenemos una emulsión cosmética estable.
Además, teniendo en cuenta la evidencia actual sobre aceite de oliva y barrera cutánea, prefiero no recomendar una aplicación facial prolongada de AOVE como si fuera adecuada para todo tipo de piel.
Mascarilla fresca de miel y avena
Para una aplicación. Preparar y utilizar inmediatamente; no conservar.
Ingredientes
- 10 g de miel
- 5 g de avena coloidal cosmética o avena muy finamente molida
- 5 g de agua potable hervida y enfriada o agua destilada
Preparación
Limpia y seca cuidadosamente los utensilios y la superficie de trabajo.
Mezcla primero la miel con el agua hasta homogeneizar. Incorpora poco a poco la avena y mezcla hasta obtener una pasta suave.
Utilízala inmediatamente y desecha cualquier sobrante.
Modo de uso
Aplica una capa fina sobre la piel limpia evitando ojos, mucosas y piel lesionada. Déjala actuar unos 5–10 minutos sin permitir que llegue a secarse completamente y retírala suavemente con agua tibia.
¿Qué podemos esperar realmente?
La miel tiene propiedades fisicoquímicas y biológicas interesantes y existe literatura dermatológica sobre sus aplicaciones tópicas, aunque buena parte de la evidencia terapéutica se refiere a mieles específicas o de grado médico y no debe extrapolarse automáticamente a una mascarilla cosmética casera.
La avena coloidal dispone de evidencia clínica más directa sobre hidratación, sequedad y función barrera. Un estudio que combinó experimentos de laboratorio con evaluación clínica en 50 mujeres con piel seca encontró mejoras de hidratación y barrera con una loción que contenía avena coloidal; otros ensayos han estudiado formulaciones con un 1 % de avena coloidal en piel con dermatitis atópica. Hay que recordar que estos resultados corresponden a productos formulados, no demuestran que nuestra sencilla mascarilla casera produzca los mismos efectos.
Advertencias
No utilizar si existe alergia conocida a alguno de los ingredientes. La miel y los productos apícolas pueden ocasionar reacciones en personas susceptibles; aunque son infrecuentes, existen casos publicados de sensibilización y urticaria de contacto asociadas a su utilización cutánea.
Haz una prueba en una pequeña zona si nunca has utilizado estos ingredientes tópicamente. Suspende el uso si aparece picor, ardor, enrojecimiento o irritación.
Esta preparación no contiene conservante y lleva agua: por eso se prepara para un único uso y los restos se desechan.
No sustituye el tratamiento de ninguna enfermedad dermatológica.
Mirar al pasado sin idealizarlo
La antigua Grecia nos dejó testimonios fascinantes sobre el cuerpo, los aromas, los aceites, el maquillaje y el cuidado personal.
Algunas de aquellas materias primas siguen formando parte de la cosmética actual. Otras prácticas han desaparecido. Y algunas, como el uso cosmético de compuestos de plomo, sabemos hoy que nunca deberían recuperarse.
Para mí, ahí reside el verdadero valor de mirar hacia atrás.
No necesitamos demostrar que todo lo antiguo era mejor para reconocer lo mucho que podemos aprender de quienes vivieron antes que nosotros.
Podemos recuperar plantas, materias primas, técnicas e historias cuando tengan sentido; estudiar qué nos dice actualmente la ciencia; abandonar aquello que sabemos que es inseguro y reconocer con naturalidad lo que todavía desconocemos.
Porque mirar al pasado no significa copiarlo. Significa comprenderlo.
Con cariño, Esther. 🌿 #naturalmente
Preguntas frecuentes
¿Los griegos inventaron la cosmética?
No. Existen tradiciones cosméticas y perfumísticas mucho anteriores en Egipto, Mesopotamia y otras culturas. Grecia desarrolló sus propias prácticas y recibió también influencias de un Mediterráneo intensamente conectado.
¿Los griegos utilizaban aceite de oliva sobre la piel?
Sí. Está especialmente bien documentado en el contexto del ejercicio masculino: se aplicaba aceite y posteriormente se utilizaba el strigil para retirar aceite, sudor y suciedad.
¿Existían perfumes en la antigua Grecia?
Sí. Disponemos tanto de recipientes arqueológicos como de fuentes escritas. La tradición es incluso anterior a la Grecia clásica: existen evidencias de producción de aceites perfumados en la Grecia micénica.
¿Las mujeres griegas utilizaban maquillaje?
Tenemos evidencias de cosméticos y pigmentos. Un hallazgo particularmente contundente es una pyxis ática conservada en el British Museum que aún contenía blanco de plomo identificado mediante análisis científico.
¿Podemos reproducir hoy sus recetas?
Algunas técnicas pueden investigarse experimentalmente, pero debemos distinguir entre reconstrucciones históricas fundamentadas y recetas modernas simplemente «inspiradas» en Grecia. Además, que una sustancia se utilizara antiguamente no demuestra que sea segura según los conocimientos actuales.
Fuentes y lecturas
- The Metropolitan Museum of Art — strigil griego y cuidado corporal
- The Metropolitan Museum of Art — pyxis y cosméticos
- British Museum — pyxis con blanco de plomo analizado
- Perseus — Teofrasto, De Odoribus
- Getty — perfumes del mundo antiguo
- PubMed — Danby et al., aceite de oliva y barrera cutánea
- PubMed — revisión sobre miel en dermatología y cuidado cutáneo
- PubMed — estudio sobre avena coloidal y barrera cutánea



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